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    Descripcion:
    Si la base de toda educacin fuera siempre la sencillez, es probable que la vida habra de sentirse mejor y apreciarse con ms sabidura, ya que lo sencillo informa toda existencia.

    Toda cultura supone en el cultivado un orden de ideas y de sentimientos superiores y hasta diversos, si no a su medio, por lo menos a muchos de los seres que le rodean, y que, lo mismo en Palagonia la salvaje, que en Alemania la sabia, constituyen el vulgo.

    Educar no es otra cosa que retraer un individuo de la colectividad, esto es, precisamente, lo que todo el mundo se propone al cultivar a otros o a s mismo. Un culto es un salvado de la montonera.

    Ser esto un bien tan grande como se cree? Quin podr saberlo? Pero todos conocemos seres a quienes hace infelices su misma educacin, o sea la superioridad con respecto a las gentes entre las cuales actan.

    Y esta infelicidad depende, cabalmente, de que las complicaciones que traen consigo el mucho saber y el mucho sentir, no engranan ni se conexionan con el comn de las gentes, ni pueden en ellas encontrar eco alguno. Tratndose, como se trata, de un ser separado por e] espritu y por el sentimiento, de una agrupacin cualquiera, cmo puede establecerse entre l y ella esa simpata, ese como convenio tcito que forma la dicha y la fuerza solidarias de toda sociedad? Lejos de esa simpata, granjase el superior la hostilidad, no siempre encu bierta, de los inferiores; y aqul mira a stos con ms desprecio que indulgencia. Acaso sean ms culpables estos desvos que aquella prevencin, toda vez que el sabio inteligente a fuer de apreciador y comprensivo, est obligado a mirar a los igno rantes con actitud casi impasible. Mas ella no es frecuente en los sabios; que la ciencia, por ms que redima al hombre de muchas pequeeces, le acendra la soberbia, enemigo capital de la humanidad.

    Doloroso es siquiera suponerlo; pero tantos afanes y sacrificios por formar hombres de pro; tanta lucha y perseverancia como esa formacin requiere, no los compensan los resultados, ni en el sentido colectivo, ni mucho menos en el individual. Hacer sabios para lanzarlos a la masa fermentada de los ignorantes, es como enrolar a una mesa de fulleros a un jugador delicado. Mezclar entre la balumba ignara un trmino irritante de comparacin, un ser que culmina por alguna superioridad, es crear una situacin tirante en que la guerra es inminente. En esas luchas tan frecuentes, rara vez tiene la vctima los atributos de pureza y excelsitud que todo sacrificio supone; en tanto que los victimarios no dejan de ser los verdugos de siempre.

    Verdad que esto no tiene remedio; que la humanidad es as, porque no puede ser de otra manera; verdad que en la vida, por la misma ley de armona, tiene de haber, en todo campo, superiores e inferiores, directores y dirigidos, envidiados y envidiosos, perseguidos y perseguidores; verdad que cada cual lleva en s mismo, hacia arriba o hacia abajo, positiva o negativamente, el principio heterogneo que le sustrae de sus semejantes. Pero en este principio diferencial, o sea temperamento o carcter, que es donde estriba toda educacin, dado que ella ha de dirigirse en razn de las facultades del educando, es donde debera obrarse con harta ms cautela y harta ms discrecin de las que se acostumbran generalmente en tales casos. Quiere decir que, si a los jvenes se les educa a fin de prepararlos mejor para la lucha y de que sean felices y contribuyan a la felicidad de sus semejantes, no deberan aguzrseles tanto, como se les aguzan a menudo, sus aptitudes y tendencias, sino lo meramente indispensable para el objetivo, fines y medios a que se les destine.

    En efecto: todo aquello que se pule y sutiliza demasiado, se hace endeble, susceptible y quebradizo; todo el que se complica ms de lo que requieran su misin y su carrera, arriesga a enredarse, como los gallos, hasta en su propia traba. De puro fino no canta, reza un adagio de nuestro pueblo; y esto es, precisamente, lo que acontece entre nosotros, y se me figura que en todas partes, con no pocos cultos o educados.

    De todo este divagar, sea o no razonable, qu puede despren derse? Muchas cosas, claro est! Desde luego se desprende que los aprendizajes o cultivos han de ser al par que concienzudos, un tanto ordinarios; que no han de ser, en ningn caso, inadaptables al medio; que no ha de aprenderse lo accesorio, si puede perjudicar a lo principal; que la sobriedad y no el exceso, lo simple y no lo complejo, han de ser la norma en estudios de todo linaje; y que, va que los ignorantes no podemos subir hasta los sabios, bajen ellos hasta nosotros, merced a una ingenuidad altruista, que en los superiores debe de ser muy posible, si no muy frecuente. As se cumplira el bien social y humanitario de la ciencia.

    Refirindonos, como nos referimos, a facultades de explotacin; a las mil fases de la inteligencia humana empistadas en el mare mgnum evolutivo y multiforme de los conocimientos, donde toda fuerza mental se desarrolla, ser posible esta merma o atenuacin de sapiencia? No ser esto un contrasentido palmario? Acaso no sea posible; tal vez incurramos en una antinomia. Pero es lo cierto que toda capacidad positiva implica, en un mismo sujeto, otra negativa que la contrarresta, pues ya sospechamos que en la fsica de los espritus rigen leyes anlogas a la de los cuerpos.

    Concretndonos nicamente a la educacin mental, tendremos de convenir que el ser ms inteligente tiene su lado simple: tiene la bobada proporcional a su talento. Pues bien: si ese talento y esa bobada se cultivan al par, por qu no ha de conseguirse con ello un promedio conveniente para que el sabio no se aleje tanto de los ignorantes y engrane con ellos por alguna rueda? Cultivar la bobada!... No es verdad que parece un disparate? As y todo, se dan casos bastante ms frecuentes de lo que se piensa. Por supuesto que este dulcsimo cultivo no cabe ms que en los sabios e inteligentes. Los bobos, mal podemos cultivar lo que nos es silvestre.

    En ellos es esta floricultura de las simplezas una necesidad como cualquiera. IY cuidado si cultivan rosas y siemprevivas! Ved, si no, la historia de las celebridades mentales, de los cerebros iluminados. Lo malo es que sus contemporneos comparten bien poco con esa gente nclita aquellas contradictorias majaderas. Contradictorias? Lo que menos! Qu fuera de esos superiores si hubiesen de vivir siempre en serio, siempre en el arca sellada de su sabidura? Se murieran de tedio o de empalago, si no se dieran los asuetos de sus tonteras. Ni aun podra decirse que viven en la tierra, si no se desahogasen por estos respiraderos, porque la humanidad, la vida, en cosas y en personas, mrese como se quiera, tiene ms de tonto que de al, como decimos los acadmicos.

    Ser algo candido, algo ingenuo, un poquillo tonto y unas miajas de aturdido, se me antoja, acaso sea locura, indispensable a esta niez sempiterna en que el hombre se agita. Y cmo pueden excluirse de ellas los seleccionados por el estudio y la educacin? De todos modos tienen derecho a la vida que en lo objetivo y exterior es en todas partes simple y sencilla, ramplona y comn, por ms que las civilizaciones y refinamientos la hagan intensa y vertiginosa. (Maupassant y Tardieu pueden abonarme a este respecto). Y los sabios, por mayores y eminentes que ellos sean, sern siempre ejemplares, ms o menos interesantes y significativos del eterno nio.

    Se me ocurren todas estas retahilas, que muchos tendrn por extravagancias o pedanteras, porque en nuestro medio, donde tambin hay los sabios y mentales que en l tengan de existir, se nota en casi todos ellos una tendencia muy marcada a complicarse, a perder el sentido de lo sencillo, de lo cotidiano y hasta de lo ambiente. Todo lo cual los asla no poco del comercio con sus conterrneos, sin que por ello le pongan a su vida ni ms belleza ni mayor ensueo.

    As es, en efecto: unos porque se hinchen de conocimientos que con pocos pueden compartir: otros porque su saber no tiene de masiada aplicacin en la tierruca; los ms por haberse educado en mejores medios y serles enojoso ste, an rudimentario, es lo cierto que nuestros sabios no quieren cultivar ni mostramos siquiera en el campo social, ninguna de esas amables sencilleces que su misma seriedad necesita.

    La India y el Egipto, la Asiria y la Persia, con sus inmensos mo numentos y sus riquezas fabulosas; con el esplendor de sus ritos y la magnificencia de sus industrias, habrn influido no poco en el arte universal; pero, siendo tan viejas como el mundo, no alcanzaron en el campo de lo bello adonde alcanz una nacin pobre y pequea, derivada de la primera de aquellas grandes nacionalidades.

    Si Roma conquist a Grecia con la fuerza de sus armas, tuvo sta de avasallar a su tirana con el podero de su ciencia y de su arte. Si en lo primero ha perdido su cetro, an lo empua en lo segundo. An lo empua, extinguida y todo: que los muertos mandan. Cuando el arte europeo se exagera y se embrolla, a Grecia evoca como a numen propicio; cuando se desorienta y peligra, a Grecia vuelve, como la aguja al norte. Es sta la historia de todos los renacimientos. Bien podra decirse que es la sencillez el factor mximo de todo acto bello; factor para sus autores, factor para el extrao que la aprecia. Tiene de serlo: la sencillez es elemento que regulariza y que despeja; que, lejos de ocasionar la confusin, el empalago y aquel cansancio de los amontonamientos, trae consigo lucidez mental y da lugar a ese arreglo, a ese nexo y a esa distribucin de partes que se llama armona.

    En lo sencillo se reposa y apacienta el alma, como el cuerpo fatigado bajo la fronda amiga. La sencillez le proporciona la calma y la serenidad para pensar, para sentir y apreciar. Que mejor elemento para las creaciones artsticas? Cul ms favorable para disfrutarlas y gozarlas? Es de la humana condicin el hallar ms deleites estticos en las obras que le producen descanso y sedacin en los nervios, que en aqullas que los fatigan. Y nervios (sin que vaya a tomarse por el lado que arde) rigen materia y espritu: ste refleja a aqulla, como espejo que es de cuanto al sujeto acontece. Estados de alma son estados de cuerpo. Pero las voluptuosidades estticas son antpodas de las sensuales.

    Nada de esto quiere decir que la belleza no quepa en lo complicado y profuso. Cabe, desde luego, y de ello habr no pocas pruebas; sino que lo bello complejo no tiene, generalmente hablando, por lo apuntado antes, el poder permanente de lo bello sencillo.

    Obras complicadas en detalles son, con frecuencia, demasiado simples en su conjunto o en su concepto. Acaso se deba a esto el triunfo de las construcciones arbigas y gticas. Ambas expresan con filosfica claridad pocas y razas opuestas. Las orientales el ensueo de los sentidos; las septentrionales, el xtasis del alma. Aqullas buscan el paraso de Mahoma; stas, el cielo del Dante. Mas el recargo bizantino o plateresco, que no encarna ni exterioriza idea alguna grande ni categrica, puede agradar a la vista, con sus mil preciosidades, pero nunca subyugar el espritu. Les falta sujeto idea que las informe: les falta simplicidad filosfica. Sin ello no puede existir la belleza moral del smbolo.

    Y estas obras de estilo prolijo y recargado valen ms por lo raras, difciles y costosas, que por lo bellas. Si la baslica de Colonia, el San Marcos y las Alhambras fueran tan comunes v socorridas como las obras de arquitectura sencilla y factible, tendran de hostigar, como toda profusin y toda abundancia. El amontonamiento en arte, as sea en las cosas ms grandes, ms excelentes y mejor combinadas, produce el hasto en el cerebro y en el sentimiento, como en todo organismo las bodas de Camacho. Pero nunca podrn causar hartura, ni en los temperamentos ms empalagables, esos cuatro rdenes arquitectnicos de la Grecia, con esa esbeltez, con esa gracia y esa fuerza que producen alegra noble y selecta, con esa majestad que sugiere lo divino y espiritual del hombre y de las cosas, con esa discrecin en el detalle y esa sobriedad en el ornato, y con esa euritmia ms y ms admirada, a medida que la arquitectura busca nuevas siluetas y nuevas proporciones.

    Ah est la Magdalena, ese poema en mrmol, reproducido clsicamente de la Hlade. Es l la admiracin de crticos y estetas. Ah tenemos al genio de las construcciones enormes, de la estatuaria que habla y de las pinturas dantescas; ah le tenemos buscando en Grecia inspiraciones para su obra magna: ah se alza San Pedro.

    Verdad que Taine lo tacha de antifilosfico, por su modalidad pagana. Mas no ser este regateo un escrpulo de crtico sutil? Los griegos, como todos los pueblos que cifran en su religin la fuerza de su nacionalidad, posean en alto grado el sentido hondo, depurado y ferviente de sus divinidades. Zeus era para ellos lo que Dios para las derivaciones del Mosasmo; las otras deidades, dependientes del padre de los dioses, lo que son nuestros santos para el catolicismo. Mal podra faltarles, entonces, el espritu religioso en su arquitectura sagrada. Fuera de que lo bello no es cristiano ni gentil, ni profano ni sagrado; lo bello es santo por su misma condicin de belleza. Las flores, que figuraron siempre en los ritos ms libidinosos de Baco y Afrodita, se ofrecen junto al ara del Dios Uno y Trino, como ofrenda preciosa e inmaculada. Las resinas fragantes que los paganos quemaban a sus dioses son las mismas que se consu men ante el Santo de los Santos. La Aljama de Crdoba es hoy la Catedral de esa Arquidicesis. La arquitectura griega estar en peores condiciones que las flores, el incienso y los templos despaganizados ?

    El pueblo que cre la ilada no poda desmentirse en su literatura. Hornero, que no es otro que el propio carcter nacional fundido en una epopeya gigante, es ms que sencillo: es ingenuo, casi primitivo. Las tragedias de esos Esquilos y de esos Sfocles, donde alternan dioses y mortales; donde la fatalidad perfila los destinos, son sublimes por su misma simplicidad: simplicidad en la forma, simplicidad en el concepto. En la poesa, as ditirmbica como patritica, as buclica como ertica, acontece lo propio. Pndaro y Anacreonte, Longo y Tecrito, '.cundo fueron complicados y hermticos? Cundo, la comedia? Aristfanes y los epigramticos, si fustigan a los malvados y a los necios de su tiempo, ren con esa travesura tica, que es como la carcajada franca de un buen vividor. Pero, ms que en todo esto, resalta la sencillez ateniense en la elocuencia oratoria y en la exposicin didctica. Las arengas de Demstenes y las disertaciones de Platn pasman por aquel moverse tan fcil y expedito de las ideas, por aquella diccin tan clara, tan natural y tan sobria, que obligan al sabio a que la admire y al ignorante a que entienda.

    Este don precioso de la sencillez informa todas las literaturas consagradas. En la Hebraica, tan releda; en la Snscrita, de que slo conocemos tal cual trozo, brilla esta cualidad como los plenilunios en verano. Bien conocidos son los msticos espaoles de la edad de oro; bien conocidos los cuatro maestros de las letras francesas. Posteriormente ha habido en ambas naciones, y los hay todava, ungidos de una sencillez soberana. Verlaine tenido como el jefe del decadentismo, y que acaso lo sea de todas las escuelas, ser de los mayores; lo ser Anatole; lo sern Alfredo, Tefilo y Guy. En la Pennsula contamos con la sencillez divina de Gustavo Adolfo, con la humorstica de Bartrina, con las difciles como sinceras de Blasco Ibez, de Ctala y de Villaespesa. La de este ingenio nuevo y peregrino que se llama Gabriel Mir, merece tratado aparte y una pluma experta. No cito a Juan Ramn, el popular, ni a Gabriel y Galn, el creyente, por antojrseme ambos un tantico sospechosos, parecindome los dos poetas muy eximios, me da un tufillo de amaneramiento la simplicidad del primero, y de retrica medio sensiblera la del segundo.

    La patria de sencillos egregios como Leopardi, Carducci y d'Amicis, tendr probablemente, dignos herederos de tales proceres; pues, por estas rinconadas antioqueas, tan solo conocemos a Ada Negri y a Grazia Deledda, y algn otro que lleve la veste lisa y candida del arte.

    En peores condiciones estamos con respecto a la Alemania y a la Inglaterra modernas. Mas, cabe suponer que, donde han reinado la sencillez imperial de Goethe y de Weber, deben de abundar los Altenberg y los Sudermann; cabe suponer que en las islas de Dickens y de Macaulay, tierras clsicas de lo sencillo y de lo noble, tendrn estos blasones de reflejarse en el arte, como rayos de sol en lagos escoceses.

    En las nuevas letras latinoamericanas (triste es decirlo) estamos a oscuras. Lo poco que conocemos est harto lejos de lo sencillo, si algo de ello se profundiza en la belleza. Y en la casa qu tenemos de nuevo? Tenemos a Silva... como quien dice a nadie! Dnde, si no en esa simplicidad de los dioses, est la clave de este ser tan extrao? Si con algo hubiese de comparar a este hombre sera con el agua. Slo al agua le encuentro esa limpidez, ese brillo, esa bondad y esa msica; slo al agua, esa universalidad y ese don milagroso de ser una

    No hay espacio para hablar de las otras artes, y habra para ello harto menos competencia, que para lo anotado hasta aqu. Cmplenos tan solamente apuntar de paso que esta misma ley de la simplicidad se llena en todos los ramos artsticos, porque la filosofa del arte a ninguno excluye.

    El artista, lejos de apartarse de las masas, en todas quiere mezclarse. Mientras ms iletradas y analfabetas, mejor le satisfacen. El artista es un ser sin gravedad, sin asiento, sin frmula de ningn linaje. Es un ser ingenuo, pueril, candido, aveces majadero y siempre chiflado o manitico. Si tal no fuera, dejara de ser artista, porque el arte es una infancia vitalicia. Ved, si no, los nios: construyen edificios fantsticos con todo lo que encuentran; pintan mamarrachos imposibles en todo lo que puedan; esculpen monigotes en todo lo cortable y les farfullan con todo lo amasable; cantan y remedan lo que oyen y lo que no; taen y teclean en cuanto les venga a mano; narran cuentos y los combinan y los inventan.






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