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    Descripcion:
    Primero nos dijeron que se llamaba Shahnaz Al-Amuri y que era estudiante en la Universidad de Nayah en Nablus. Ahora nos confirman en cambio que su nombre era Wafa Idris, que tena entre 23 y 30 aos (segn las fuentes), que era voluntaria de la Media Luna Roja y viva cerca de Ramalah, en el campo de refugiados de Al-Amuri. Se llamase Shahnaz o Wafa, no puedo aprobar su accin, pero no puedo tampoco dejar de inclinarme ante un milagro. Cuidado, mucho cuidado con los milagros

    El pasado da 14 de enero Mujeres de Negro, una asociacin que integra a mujeres israeles y palestinas, emita un comunicado suplicando se permitiese a las mujeres resolver un conflicto que los hombres no haban hecho sino atizar y multiplicar con su violencia: Nosotras las mujeres podemos encontrar el fin de este crculo de violencia. (...) ahora ha llegado el momento de alzar nuestras voces e insistir en ser escuchadas. Las mujeres van a hablar -no van a disparar. Permitan a las mujeres participar. (...) Dejen a las mujeres hablar! Dejen a las mujeres actuar! Nosotras tenemos dolor, nosotras estamos indignadas, nosotras estamos asustadas. Antes de que sea tarde, dejen hablar a las mujeres.

    Hace dos das, el 28 de enero, una mujer que sin duda no haba firmado este llamamiento hizo estallar un explosivo ceido a su cintura y revent en la calle de Jaffa, en el centro de Jerusaln, provocando un muerto y ms de cien heridos.

    Un explosivo ceido a la cintura, tratndose de una mujer, es una frase que suena en nuestros odos como una brutal, horrible sinestesia; como corona de espinas o flor de cuchillos. Como cabezas colgadas en las ramas de un almendro. Todas las cosas que ocurren por primera vez desconciertan menos por lo que anuncian que por lo que desmienten; y as esta cintura cataclstica ha conmovido sin excepcin a todos los que, en las condiciones lquidas de la guerra y la traicin, seguan creyendo en un planeta fijo, ms atrs o ms abajo, que ninguna locura poda amenazar. Que una mujer haga eso, si una mujer hace eso... Un ex oficial israel, Yahud Yamot, explicaba en la radio que hasta ahora el ejrcito haba dado por supuesto que ni nios ni mujeres ni ancianos iban a cometer atentados suicidas (y alertaba as sobre la extensin del cerco profilctico a toda forma de vida palestina sin excepcin). El diario

    - se haca eco del terrible malestar de la familia, a la que supona doblemente afectada por el hecho de haber perdido a la hija de resultas de una accin impropia de su sexo. Por su parte, uno de los

    , justificaba el silencio de la faccin responsable del atentado -quienquiera que sta fuese- como una manera de evitar presiones excesivas a los parientes de la suicida. Todos los medios de comunicacin del mundo, por lo dems, han prestado menos atencin a las consecuencias del atentado que a la personalidad de su ejecutora.

    Desde esas matronas cartagineses que se cortaban los cabellos para atar los escudos y las lanzas en vsperas del asalto final de los romanos hasta Hebe de Bonafini y sus Madres de la Plaza de Mayo, la historia ha conocido innumerables ejemplos de mujeres valientes, insobornables y batalladoras. Ha conocido tambin mujeres en armas; baste pensar en Juana de Arco, la doncella de Dios que combati a los ingleses espada en mano; o en nuestra Agustina de Aragn lanzando andanadas de plomo sobre los franceses. Las propias mujeres palestinas combatieron en las guerras de 1948 y 1967. Las egipcias y argelinas han servido de enlace, durante aos, entre sus maridos encarcelados y las clulas clandestinas del islamismo militante. Y yo mismo, all por 1990, en Nablus, fui escoltado por una sosegada, gigantesca madre palestina, que me protega de las balas israeles con su corpachn, hasta la casa de un viejo panadero, donde otras mujeres -fumadoras empedernidas- llevaban todo el peso de la resistencia en ausencia de los hombres, detenidos o asesinados. Ha habido mujeres espas, mujeres piratas, mujeres pistoleras. Pero nunca hasta antes de ayer una mujer se haba puesto una bomba entre los pechos, un beb de fuego sobre el vientre, y se haba hecho estallar en territorio enemigo.

    El comunicado de las Mujeres de Negro; el desconcierto de los israeles; la inquietud de los palestinos; la misma inaudita novedad del suceso; todas las noticias y declaraciones al respecto vienen a aceptar, contra las dominantes polticas de gnero, una diferencia entre hombres y mujeres que, lejos de disolver, este acontecimiento no ha hecho sino iluminar de un modo tan ominoso como enigmtico. Por qu una mujer puede matar pero no matarse a s misma para matar al enemigo?

    La respuesta ms inmediata hunde sus races en esos mitos ancestrales de maternidad que han llevado, al mismo tiempo, a la sacralizacin y al sometimiento de las mujeres: el cuerpo de la mujer, que es medio de reproduccin, no puede convertirse en un medio de destruccin sin pecar contra la existencia misma de la Humanidad. Pero no es sta la diferencia que me interesa, por mucho que no puedan despacharse sin ms -con feminista desdn- sus consecuencias. Histrica u ontolgica, adventicia o nuclear, la diferencia tiene que ver, ms bien, con el

    . Lo que caracteriza al hombre -digmoslo en dos palabras- es su tendencia a calcular largamente para introducir un gesto rpido o para introducir un gesto que aumente la rapidez del universo: matar ms deprisa, subir ms alto, ir ms lejos. El hombre es inteligente porque racionaliza y salta, porque planifica y asalta; la mujer es inteligente en direccin contraria. La inteligencia de la mujer ha consistido, consiste bsicamente, en frenar (o desacelerar) la inteligencia del hombre; en obligarle a

    . No es que la mujer no pueda calcular; puede hacerlo mucho ms deprisa y durante ms tiempo que cualquier hombre; pero si calcula, cuando calcula, es para introducir un gesto lento o para ralentizar la rueda -tantas veces insensata- de las cosas. Y esto para bien o para mal. Una mujer puede sumergir da tras da, durante meses, el pomo de cobre de una puerta en la tisana de su marido para acabar con su vida; o puede disear durante aos, hasta el ltimo detalle -y esperar activamente-, un

    , esa criatura cncava que hay que detenerse a tocar y mirar; o rastrear toda la vida el color ms puro de un geranio. O puede acumular razones durante medio siglo, aguardar, resistir, sostener, y emitir finalmente un comunicado juicioso y valiente, como el de las Mujeres de Negro, para intentar detener una guerra.

    No es tampoco que la mujer no pueda ser rpida. Puede hacer gestos mucho ms rpidos -y muchos ms gestos- que cualquier hombre; pero si es rpida, cuando es rpida, lo es sin previo clculo. Y esto -asimismo- para bien o para mal. Una mujer puede suicidarse y matar por amor, por despecho o por desesperacin, mientras centellea un relmpago; e incluso estrangular a sus hijos como Medea (o como esa pobre Paqui de Santomera, hace unos das, que ha dejado atrs, en un instante, por una nadera, todo su futuro). O puede, en otro arrebato, sacrificar su honor para que no se incendie una casa o parar en sus costillas una bala destinada al amado o tomar una de esas decisiones sumarsimas y certeras, en la encrucijada, que ningn hombre se atrevera a tomar.

    entre el clculo y la rapidez es la guerra. La guerra, en efecto, es ese sumidero donde la estrategia ms puntillosa se pone a prueba en un solo combate, donde se arrojan rpidamente los cuerpos y las riquezas de toda una generacin, donde los clculos ms finos y complicados adoptan la forma de una arma nueva que, en una sola explosin, mata ms deprisa a mucha ms gente. Las mujeres quizs inventaron los besos -que prolongan y ralentizan el contacto entre dos cuerpos- en un punto incierto del Paleoltico en el que los hombres se limitaban a cazarlas, engancharlas y seguir adelante; inventaron la asamblea, donde todo el mundo puede hablar y detenerse morosamente en un mismo tema, confiscada despus por los hombres para las tareas de gobierno, de las que fueron excluidas las mujeres (para que su palabra fuera vana, chiquita, privada e intil); han inventado vacunas, recetas de cocina, nuevas variedades de frutas; pero que se sepa no han contribuido ni mucho ni poco, con una innovacin mortal, a la tecnologa armamentstica. El hacha y la bomba atmica fueron excogitadas y experimentadas por los hombres. Los asesinos en serie, los asesinos de masas, han sido siempre hombres.

    De entre todas las acciones de guerra -la masculina guerra- la que lleva al extremo la masculinidad es el atentado suicida: el clculo que lo precede, la rapidez de la ejecucin, la optimizacin del beneficio, la economa de medios, la burocratizacion del propio cuerpo, la impredecibilidad del asalto, la exhibicin lmite -tambin- de la propia virilidad.

    . Lo que no puede hacer es calcular largamente un gesto rpido o un gesto que aumente la rapidez del universo. Y cuando digo no puede quiero decir

    ocurrir y, si puede ocurrir, tengo que defenderme, por todos los medios si es necesario y antes de que vuelva a ocurrir; si las mujeres empiezan a hacerse estallar en nuestras plazas, las mujeres tendrn que ser preventivamente asesinadas en sus casas, como los hombres, junto a sus cazuelas y los libros escolares de sus nios. Pero si se razona de verdad, las cosas se ven de otro modo: lo que ha ocurrido

    . Y si es un milagro, hay que andarse con mucho cuidado, pararse a cambiar de rumbo, medir respetuosamente las consecuencias: un milagro acumula y despliega sobre el futuro mucha ms potencia que cualquier ingenio nuclear y que todas las tormentas de ntrax.

    Un hombre no puede ser atacado por un ngel y sin embargo Jacob -nos cuenta la Biblia- luch con uno de ellos, una noche, en un lugar llamado desde entonces Penuel (Gnesis 32, 23-30). Jacob, que era un hombre pedestre y torpe, crey que si estaba ocurriendo lo que estaba ocurriendo es porque

    ocurrir y que, en consecuencia, tena tambin derecho a defenderse. Un ngel no puede atacarnos, pero si nos ataca y respondemos a sus golpes, quedaremos marcados, heridos, transformados sin remedio. A Jacob su tardanza en darse cuenta del milagro, su tardanza en comprender que estaba luchando contra un ngel y que contra un ngel no todo est permitido, estuvo a punto de costarle la vida; una simple presin del dedo de Dios sobre su fmur le dej cojo para siempre.

    Ha ocurrido un milagro negro: una mujer ha calculado largamente un gesto rpido y con l ha introducido ms rapidez en el universo (el vrtigo exponencial de la violencia repetida). Contra la certidumbre de este portento podemos rebelarnos y buscar, atemorizados, engaosas distracciones. Podemos, por ejemplo, suponer que ha sido todo un montaje israel para justificar la represin y que en realidad no hubo nunca ninguna mujer en la calle de Jaffa; o que la suicida era una mujer muy masculina; o que la desesperacin lenta, ininterrumpida, sin alivio, acaba por volverse tan calculadora como un experto en balstica y tan veloz como un F-16. Pero podemos tambin aceptar sencillamente los hechos: un milagro -y dnde si no- se ha producido en Palestina.

    Primero nos dijeron que se llamaba Shahnaz Al-Amuri y que era estudiante en la Universidad de Nayah en Nablus. Ahora nos confirman en cambio que su nombre era Wafa Idris, que tena entre 23 y 30 aos (segn las fuentes), que era voluntaria de la Media Luna Roja y viva cerca de Ramalah, en el campo de refugiados de Al-Amuri

    . Se llamase Shahnaz o Wafa, no puedo aprobar su accin, pero no puedo tampoco dejar de inclinarme ante un milagro. Cuidado, mucho cuidado con los milagros. En 1988, la irrupcin de los nios en el campo de batalla (la niada heroica que llamamos Intifada) marc un punto de inflexin en la lucha del pueblo palestino contra la ocupacin israel. Ahora quizs nos encontramos ante otro. Si las mujeres comienzan a ponerse bombas entre los pechos, bebs de fuego sobre el vientre, y a hacerse estallar en Jerusaln Oeste, en Tel Aviv, en Haifa, Israel tiene sus das contados. A Sharon, que entiende mucho de matanzas y poco de milagros, un milagro siniestro, horrendo, un milagro fatal tambin para el universo -que necesita que la inteligencia de las mujeres siga frenando la inteligencia de los hombres-, un milagro cuyos efectos cataclsticos slo son comparables a los de la clera vengativa de su Dios bblico, un milagro negro y funesto se lo puede llevar por delante.

    No recurramos a los milagros mientras estemos a tiempo de recurrir a las mujeres. Dejmoslas hablar, como piden en su comunicado, antes de que, para salvar a los palestinos, tengan que destruir algunas de las pocas cosas buenas que quedan todava en este mundo.






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